El histórico primer triunfo de Rafa Nadal ante un top 10

“Enhorabuena, tío. ¡Suerte!”. Con cara aún de perplejidad, aquellas fueron las primeras palabras que pronunció Albert Costa en la red, al estrechar la mano a Rafael Nadal. Era el miércoles 16 de abril de 2003 y el manacorí acababa de batir en la segunda ronda del ATP Masters 1000 de Montecarlo al No. 7 del FedEx Ranking ATP y vigente campeón de Roland Garros. “Gràcies”, respondió tímidamente el entonces No. 109 del mundo a un jugador once años mayor.

Nadal había superado la previa tras derrotar al austriaco Werner Eschauer (6-2, 6-2) y al ruso Andrei Stoliarov (6-1, 6-3). En su segundo partido en el cuadro final de un torneo ATP Tour derrotó al eslovaco Karol Kucera (6-1, 6-2) y en segunda ronda firmó su primera victoria ante un Top 10 por 7-5, 6-3 en dos horas de partido. Apenas tenía 16 años y el balear registraba 3 victorias en 3 partidos disputados en el circuito profesional.

“Rafa estaba empezando en el circuito y lo cierto es que había oído hablar de él unas cuantas veces”, recuerda Costa. “Entré en el partido concentrado, pensando que, si estaba a mi nivel, podría ganarle. Y la verdad que me sorprendió mucho. Vi que estaba con una garra tremenda, y yo empecé a angustiarme, porque vi que jugaba mejor de lo que yo realmente esperaba”.

En el inicio del encuentro el catalán marcó la distancia, pero fue un espejismo. “El primer set fue bastante duro. Empecé break arriba, ganando 2-0 y pensé: ‘Bueno, va, el chaval juega muy bien, pero tampoco será para tanto’. Poco a poco se fue haciendo de noche, la pista se puso un poco más lenta y él no fallaba ni una, empezó a apretarme mucho con su derecha y me fue comiendo. Me ganó el primer set 7-5”.

La veteranía e intuición de Costa, curtido durante varias temporadas en la élite del ATP Tour, le decía que lo lógico era que tanto física como mentalmente, el rival que tendría delante acabaría sucumbiendo. “Pensaba que, al ser un jugador joven, si le hacía los puntos largos él no iba a aguantar físicamente. Y si me ponía sólido, no lo resistiría mentalmente. Y fue todo lo contrario”, confiesa hoy Costa.

Costa trató de reaccionar ante el descaro de una joven raqueta que no tenía nada que perder y mucho que ganar. “Cuando perdí el primer set pensé: ‘Venga, no importa, sigue que seguro que el chaval bajará el nivel’. Pero tampoco fue así. En el segundo set salió con más fuerza, con más garra todavía. Se lo creía más, tenía una convicción enorme desde esa edad. Tenía el carácter que proyectaría en el futuro”.

Nadal se soltó, fue capaz de repartir aún más y vario el juego con dejadas. “Me fui desconcentrando y por su parte ya se veía la proyección que iba a tener. Me llamó la atención sobre todo su concentración. Desde el primer punto hasta el último estaba al 100%. Era increíble que siendo tan joven fuera capaz de jugar todos los puntos con la misma intensidad”.

Eso fue lo que sintió Albert Costa desde el otro lado de la red. Pero, ¿cómo lo vivió Nadal en su propia piel? “Aún no me lo creo, pero sí puedo decir que ha sido un gran partido y que estoy muy orgulloso de mi victoria”, dijo el joven protagonista minutos después a los medios de comunicación tras firmar la victoria más importante de su carrera hasta entonces. “Salí con mucho respeto y en los primeros juegos se me escapó 2-0 y 3-1, pero luego he fallado muy poco, he jugado muy agresivo y he podido recuperarme”.

“Estoy muy contento porque no me lo esperaba, pero he trabajado mucho y ahora sí tengo que creérmelo”, cerró Nadal en aquella comparecencia de prensa. Probablemente, ni él ni nadie podían imaginar que ese mismo niño acabaría levantando once coronas de campeón en Montecarlo, pero sí al menos intuir que la de esa noche no era una victoria más.

“Es evidente que nunca piensas que un jugador con 16 años vaya a ganar 11 veces el torneo de Montecarlo, pero en ese momento me di cuenta que el chaval tenía algo especial: un nivel de concentración muy alto, un tenis muy agresivo y un juego muy incómodo. Lo tenía todo para ser un rival muy incómodo de ganar”, cierra Costa que desde entonces ya sabía que aquella derrota no era una deshonra.

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