Vilas y el relato de un Roland Garros inolvidable: “Llegué a un nivel de concentración que pocas veces volví a conseguir”

Guillermo Vilas tiene un recuerdo común de sí mismo en Roland Garros 1977. Él haciendo cualquier cosa, pero en silencio. Durante esas dos semanas, con quien más habló fue consigo mismo, mientras llenaba un diario a mano sobre sus monólogos internos y mientras leía a sus escritores favoritos entre partidos. Rimbaud, Neruda, Vinícius de Moraes…

Días antes de llegar a París, había perdido en segunda ronda en el torneo de Roma, también sobre polvo de ladrillo, entonces decidió abstraerse por completo avalado por su entrenador Ion Tiriac. La intención: recuperar concentración y confianza. La medida no lo desnaturalizaba porque Guillermo creció muy unido a la familia pero coleccionando momentos a solas.

Desde muy niño se sentaba en la rama de un nogal detrás de su casa en Caisamar. “Pensando”, les respondía a sus padres cuando le preguntaban qué había estado haciendo por tanto tiempo. Le gustaba el silencio de los alrededores de su sitio de crianza, a las afueras de Mar del Plata, prácticamente en el campo y sin el ruido de las olas.

De unos cinco años empezó en el tenis sin más rivales que él mismo, gracias a que el profesor Felipe Locícero, peluquero de profesión y un estudioso del tenis, lo convenció de pasar mucho tiempo por el frontón antes de entrar a una pista. No se trataba de un camino divertido, pero daba más frutos. O eso le prometió Locícero y Guillermo le creyó.

En el club Náutico de Mar del Plata, que presidía su padre José Roque Vilas, Guillermo duró tres años contra el muro, con la mano derecha pegada a la espalda como un espadachín de la realeza. Su brazo izquierdo se hinchó mucho más rápido que el resto de su cuerpo y, bajo la mirada escrutadora de Locícero, mecanizó los golpes: el drive con top, revolucionario para la época, y el revés a una mano con sus diferentes efectos.

Entonces en Roland Garros 1977 no le quedó difícil exagerar su introspección. Como en los tiempos del frontón, él mismo fue su rival a vencer. “Me convertí en un ser aislado esas dos semanas, logré un nivel de concentración que pocas veces volví a conseguir”, recuerda Vilas para ATPTour.com. Si quería ganar el primer Grand Slam de su carrera, luego de ser subcampeón en Australia 1977 (p. con Roscoe Tanner) y Roland Garros 1975 (p. con Bjorn Borg), debía actuar distinto.

“Venía de una derrota muy dura en Roma (p. con Zelko Franulovic) y mi miedo radicaba en no poder mejorar en París. Decidí entonces encerrarme completamente. Escuchaba música para aislarme de los entornos. Me ponía los auriculares y solo pensaba en el tema que oía”. Conversar consigo mismo siempre le dio respuestas y ese año en París defendió su derecho a formularse muchas preguntas.

La mayoría de participantes de la época se movilizaba en transporte público hasta las instalaciones del certamen, pero Vilas pidió prestado un Peugeot 504 para no interrumpir la concentración y poder trasladarse a un sitio aislado de entrenamiento. Eligió un club llamado La Faisanderie, lleno de pinos y donde reinaba el silencio.

Una vez terminaban las prácticas, pasaba por la estación Mateo, el restaurante del club, para alimentarse con lo justo. Su dieta de todos los días se basó en manzanas verdes y pescado, porque suponía que si bajaba cinco kilos hasta alcanzar los 72 del boxeador argentino Carlos Monzón, su cuerpo se volvería más rápido.

Luego regresaba al hotel Sofitel en busca de letras. “Siempre me gustó leer y llevaba libros en todos los viajes. Los dejaba en la mesita de luz y leía cuando volvía de los partidos. No solo a Rimbaud, también leía a Servan-Schreiber, Gibran, Neruda, Vinícius de Moraes, Artaud… Todos me inspiraban, al igual que Krishnamurti”.

Aplicaba metáforas en la cancha y también las consignaba en su diario junto a las impresiones deportivas. “Escribía bastante sentado en los pasillos del estadio de Roland Garros, cuando se iba la gente. Escribía de todo, cosas técnicas y personales. Aquello que veía bien o mal en un partido iba directo al diario, para tener referencias en el futuro. En el 77 fue uno de los años en que más escribí”. Quizá porque esa temporada conquistó 16 de 62 títulos en su carrera.

Almacenar datos era unos de sus métodos para evolucionar. Si se hubiera conformado con el talento de nacimiento, tal vez no habría surgido en el tenis y hubiera tratado de ser escribano como su padre o hubiera seguido estudiando derecho en la universidad como le ordenó su madre. Ese inconformismo lo llevó a convertirse en un buscador de referentes para imitar.

En sus inicios en el deporte quiso parecerse al brasileño Thomaz Koch: compró las mismas zapatillas, se dejó el pelo largo, se amarró una vincha en la cabeza. Además, copió su estilo de saque y de andar, a pesar de que el brasileño lo hacía de un lado para otro, como rengueando, por una lesión en la espalda. Vilas se sentía pleno caminando como un western antes de desenfundar el revólver.

Cuando Rod Laver visitó Argentina en 1968 para competir en un torneo en Palermo, un Vilas de 16 años decidió plagiar el estilo de golpear del entonces siete veces campeón de Grand Slam. También averiguó el peso de la raqueta e incorporó los datos a la suya, una Dunlop Maxply con rastros de talco para el buen agarre.

Guillermo digería y adaptaba información a gran velocidad. Un día se quedó atónito después de ver un comercial de Whisky por televisión en el que Juan Carlos Harriott, un jugador argentino de Polo, conectaba un backhander por entre las patas de su caballo. Y de repente se imaginó imitando la jugada en una cancha de tenis. Se puso de espaldas a la red, conectó una bola por entre las piernas y entonces inventó la Gran Willy.

Vilas era un intérprete de sus ídolos y un obediente de sus consejeros y entrenadores. Por eso aceptó las correcciones de Neil Frazer sobre su saque en 1974, por eso le dejó a Tiriac destruirle el miedo a la derrota. Muchas personas, algunas sin saberlo, tuvieron crédito en la construcción del mejor tenista argentino de la historia.

Y en Roland Garros 1977, después de superar 6-0, 6-3, 6-0 al norteamericano Brian Gottfried en una hora y 53 minutos, les rindió homenaje a todos aquellos a quienes había emulado y obedecido a esa altura de su vida con 24 años.

“Me acordé de mi primer y único profesor, Felipe Locícero, a quien le escribí una carta ni bien terminó el torneo. Le agradecí todo lo que había hecho por mí y que se quedara tranquilo, que su trabajo había rendido frutos. Yo copiaba lo mejor que veía en otros jugadores, de grandes campeones, a ellos también les rendí un homenaje, pero fue muy íntimo”.

Al día siguiente se levantó muy temprano para viajar a Londres a otro torneo, no tuvo tiempo para celebrar ni descansar de las exigencias del éxito. Siguió encadenando victorias, llegó a 53 seguidas sobre polvo de ladrillo. Dos meses después ganó el US Open (v. a Jimmy Connors), el segundo de sus cuatro títulos de Grand Slam. Y también terminó la temporada con un récord de 134-14.

Pero la alegría de haber ganado Roland Garros, habiendo perdido un solo set en el torneo, lo persiguió por mucho tiempo. “Me despertaba sobresaltado y me reía solo… Hablaba al interior de las habitaciones de los hoteles porque me encontraba muy pero muy feliz. Ganar el primer título de Grand Slam fue fabuloso”.

Repasaba de nuevo el diario de las dos semanas con cara de asombro. “¿Soy yo el campeón? ¿Lo conseguí?”. Esas preguntas retóricas, llenas de escepticismo, se podían leer en la última página. Le arrancaban una sonrisa. Tanto luchar por un sueño y, de repente, era difícil creer que lo había vuelto realidad.

Fuente: Atptour.com

El camino de Vilas en Roland Garros 1977

Ronda Oponente Resultado
Final Brian Gottfried 6-0, 6-3, 6-0
Semifinal Raúl Ramírez (MEX) 6-2, 6-0, 6-3
Cuartos Wojtek Fibak (POL) 6-4, 6-0, 6-4
4ª Ronda Stan Smith (USA) 6-1, 6-2, 6-1
3ª Ronda Bernard Mitton (RSA) 6-1, 6-4, 6-2
2ª Ronda Belus Prajoux (CHI) 2-6, 6-0, 6-3, 6-0
1ª Ronda Zeljko Franulovic (CRO) 6-1, 6-2, 6-4

 

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