“Sino ganaba, mi padre se ponía agresivo y eso me aterrorizaba”

Otro gran y revelador testimonio consigue la gente de “Behind The Raquets”. En este caso, la francesa Mary Pierce recuerda la conflictiva relación con su padre, quien fue su entrenador y también le generó varios trastornos. La ganadora de torneos de Grand Slam confiesa detalles que pudo perdonar pero quedaron en su memoria. Sigan este relato que recogen los amigos de Punto de Break .

Cuando tenía 13 años, mi papá era mi entrenador a tiempo completo y mi mamá era mi mamá a tiempo completo. No teníamos ingresos, incluso a veces nos tocaba dormir en la carretera. Mi padre me enseñó una bolsa de dinero y me dijo: ‘Esto es todo lo que tenemos’. Luego me dijo: Será mejor que empieces a ganar partidos porque necesitamos más dinero’. Sufrí mucha presión desde pequeña con este tema, aunque yo quería ser pediatra, hasta el día que cogí mi primera raqueta. Ese día pareció que llevaba jugando durante años, sentí que Dios me había regalado ese don para jugar al tenis. Comencé a jugar a los 10 años y a los 14 ya era profesional.

“Mi papá me sacó de la escuela y fue mi entrenador hasta los 18 años. Durante esa etapa jugué a tenis porque no tenía otra opción. Tenía que ganar porque, si no lo hacía, mi padre se volvería agresivo y tenía miedo de que eso sucediera. El miedo era mi emoción motriz. Estoy agradecida de haber tenido a mi madre, fue mi pilar fundamental. También tuve a mi hermano, que era mi compañero de entrenamientos y luego sería mi entrenador entre 2000 y 2005. Mirando hacia atrás, creo que mi padre lo hizo lo mejor que pudo, él me amaba, quería lo mejor para mí, me entrenó para ser más fuerte. Mi infancia me convirtió en la persona que soy hoy, aunque no quisiera volver a pasar por aquella etapa”.

“A los 16 años gané mi primer torneo, en Palermo, y así llegué al top30. Luego fui yo la que ayudé económicamente a mi familia. Entre los 18 y los 25 años vi a mi padre una vez, cuando gané el Open de Australia con 20 años. Le odiaba, le tenía miedo, no quería volver a verlo. A los 25 años me convertí al cristianismo y nació en mí una nueva persona. El Señor vino y curó mi corazón, mis heridas, incluso pude perdonar a mi papá. Pude amarlo y nuestra relación se recuperó”.

“Lamentablemente a mi padre le diagnosticaron cáncer de vejiga en el año 2016. Pude estar con él en todas las citas médicas, las cirugías y los tratamientos. Cuando falleció, yo estaba a su lado. Estoy muy agradecido por todos los momentos especiales que compartimos”.

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